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Mapa Tenerife:
Nombres como La Matanza o La Victoria recuerdan a los hechos que
ocurrieron en la época de la conquista española. |
BESTSELLER ¡Por primera vez en castellano!
Cuando llegan los castellanos a la isla de Tenerife en el año 1494, para
someterla a los Reyes Católicos, clavan una cruz de madera en la tierra, y
así fundan la ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Su jefe, Alonso Fernández
de Lugo quiere avanzar hacia el fructífero valle de Arautapala, a Taoro,
donde reside el Mencey Bencomo, el más poderoso y valiente de los menceyes
guanches. Bencomo y sus aliados se preparan para enfrentarse a los
invasores. En un lugar, que desde entonces se llama La Matanza de
Acentejo, los guanches les tienden una emboscada...
Lea la apasionante historia de las guerras y la cultura de
las Islas Canarias. Los guanches, cómo vivían y cómo eran sus fiestas y
sus duelos. Los conquistadores españoles y sus soldados, lo que les llevó
a cruzar los océanos así como las bonitas leyendas que se cuentan en las
“Islas Afortunadas"
«Es una obra ante la que nadie pasará sin fijarse en ella.» (Francisco
Montes de Oca García (+) Cronista Oficial de Canarias)
El Rey de Taoro, Novela histórica de la conquista de
Tenerife, de Horst Uden, Editorial Zech, Tenerife 2004, 288 pág.,
ilustrado, p.v.p. en España 14,50 Euro, ISBN 978-84-933108-1-3, Original en
lengua alemana.
Muestra
de lectura: "El Rey de Taoro" I.
LA ISLA AFORTUNADA
Los
guanches
(...) En las inaccesibles cuevas del Tigaiga vivían
los más valientes guerreros de los guanches, dispuestos, a una voz de mando de
su príncipe, a lanzarse al campo para reducir a la obediencia a cualquier tribu
insubordinada. Sus armas principales eran la piedra lanzada a mano, que siempre
daba en el blanco, el hacha de combate y la aguzada lanza de madera, dura como
el hierro. En el cinturón de su tamarco, una camisa de piel, llevaban la
afilada tabona, un cuchillo de obsidiana que sabían manejar con destreza. Con
terribles gritos de guerra se lanzaban sobre seguro contra el enemigo, hacían
rodar sobre él grandes peñascos desde las laderas y eran incomparables en el
combate cuerpo a cuerpo. Quien no poseía escudo alguno, sacado de la corteza
del drago, se envolvía el tamarco en el brazo izquierdo y luchaba desnudo, sólo
provisto de un taparrabo.
Si
bien los guanches se mostraban inflexibles contra el enemigo que se les resistía,
se comportaban, en cambio, noblemente con los vencidos. Los prisioneros eran
curados de sus heridas, canjeados y a menudo puestos en libertad con obsequios.
No
existían animales salvajes en su afortunada isla, ni la más pequeña serpiente
venenosa. El único a quien temían era Guayote, el demonio, el cual moraba en
el Echeyde que vomitaba fuego (Echeyde, Infierno o Teide: el Pico de Tenerife).
Cuando
éste se encolerizaba, lanzaba rocas candentes de sus entrañas y por su boca se
desparramaba un ancho río de fuego. Aniquilaba todo lo que encontraba en su
camino, abrasando los fructíferos campos. Desde su interior soplaba al azul
tigot, el cielo, vapores oscuros y venenosos, que oscurecían al brillante magec,
el sol, y a la vez que el mar se encolerizaba, se apercibían sordos truenos que
llegaban a las profundidades del bosque. El fuego del Demonio tumbaba los árboles
que encontraba a su paso y se deslizaba, furioso, sobre los roquedales.
Entonces
los atemorizados guanches se refugiaban en sus guaridas, acurrucados entre
las ovejas, cabras y perros que se apretujaban unos contra otros,
escuchando los ruidos infernales y rogando a Acorán, su Dios, que les
auxiliase y salvase. (...)
(Horst
Uden)
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