Esta es la historia brillantemente relatada de un
hombre oriundo de las islas Canarias, cuya cara y cuerpo estaban cubiertos
de un espeso vello. Transcurre en los siglos XVI y XVII y nos lleva hasta
las cortes de los reyes de Francia, Alemania e Italia, donde el hombre
velludo y sus hijos también velludos eran contemplados como curiosa
maravilla de la naturaleza. Roberto Zapperi, que ha reconstruido esta
historia bebiendo de diferentes fuentes, muestra por primera vez aquí el
límite lábil entre hombre y animal que hacía el ambiente fascinante y
temeroso al mismo tiempo.
»El
historiador del arte de Roma, Roberto Zapperi, ha reconstruido
detectivescamente la movida historia del velludo y de su familia en
archivos, colecciones de arte y bibliotecas.« (DER SPIEGEL)
»La dinámica
y lo fascinante de este libro constituye en la doble técnica de narración
y las brillantes interpretaciones de la historia familiar.« (DIE ZEIT)
Roberto
Zapperi habla del destino de un nativo de Tenerife, afectado por una rara
enfermedad. Un vello largo como una segunda piel cubría su cara y su
cuerpo, dándole el aspecto de un animal. La historia comienza en la
primera mitad del siglo XVI y continúa en la corte francesa del rey
Enrique II, al cual había sido entregado Pedro González cuando aún era un
niño. El rey hizo posible que estudiara y en París se casó con una bella
francesa, que le dio hijos velludos como él. Los disturbios políticos
condujeron más tarde a la familia a Italia, a la corte de los Farnesio en
Parma y Roma, hasta que su hijo mayor, finalmente, proporcionó un
alojamiento a sus padres y hermanos en un pueblo apartado, en el lago
Bolsena, donde por fin pudieron llevar esa vida normal que su anomalía les
había negado.
La línea sutil y frágil que
separa al hombre del animal y la irresistible fuerza de atracción de esos
dos polos, es el hilo conductor que encontramos a lo largo de todo el
libro. Se cuenta en él cómo los príncipes le daban protección al hombre
peludo, exhibiéndolo, sin embargo, al mismo tiempo como a un animal
salvaje.
Roberto Zapperi: El salvaje
gentilhombre de Tenerife. La singular historia de Pedro González y sus
hijos. Libro en tapa dura con sobrecubierta, ilustrado con 26 imágenes y 1
mapa, 216 págs., Editorial Zech, Tenerife 2006, ISBN 978-84-933108-7-5, Precio
de venta al público en Canarias (sin IVA)
18,- euros.
Muestra
de lectura "El salvaje gentilhombre de Tenerife"
Prólogo
Este libro tiene una larga
historia que una y otra vez nos conduce a París. La primera sugerencia al
respecto llegó cuando en 1984 Jacques Revel me invitó a mantener un
seminario en la «École des hautes études en sciences sociales» sobre la
pintura Arrigo Peloso de Agostino Carracci, ya que yo había encontrado
algunos documentos que hacían posible la identificación de las personas
del cuadro. Celebré el seminario y publiqué, en relación con esto, un
artículo en la revista Annales. No fue una tarea fácil llegar a don Pedro
González desde la pintura y reconstruir su historia y la de sus hijos. Por
eso, en principio me di por satisfecho con el artículo. Pero fue entonces,
cuando un joven estudiante de la «École des chartes», Marc Smith, con el
cual yo había hablado sobre las dificultades de las indagaciones, me trajo
un día la fotocopia del despacho del año 1547, del archivo nacional de
Módena, en el cual se comunicaba la llegada del pequeño González a París,
cuando tomé de nuevo el hilo de la historia; pero fueron necesarios aún
muchos años de investigación laboriosa, en archivos y bibliotecas, para
desenredar el ovillo. Fue sólo hace poco tiempo cuando me pareció que el
material reunido bastaba para atreverse a la difícil empresa de escribir
un libro sobre ello.
Un libro como éste, que debido a
muy diversas fuentes, en parte de nada sencilla lectura, las cuales además
están repartidas en archivos y bibliotecas de diferentes países, no
hubiera podido escribirse sin la ayuda de especialistas. Es para mi, por
tanto, un deber, aquí por lo menos, dar las gracias a aquellos que me
ofrecieron su ayuda con especial interés.
Marc Smith, hoy profesor en la «École
des chartes», me apoyó más que cualquier otro en mis indagaciones, me
ayudó generosamente en la búsqueda de datos en el archivo de París, leyó
el texto y contribuyó a su definitiva concepción, con su crítica y
propuestas de cambio. Gerhard Immler y Klaus Unterburger me prestaron su
valiosa ayuda en mis investigaciones en los archivos de Múnich, y en lo
que se refiere a los museos de Ambras y Viena, Peter Diemer y Monica
Kurzel-Runtscheiner. Agradezco a Rita de Tata, Rabiano Fagliari, Leni
Buchiechio y Raffaele Tamalio su colaboración en las indagaciones hechas
en los archivos italianos; por sus indicaciones y sugerencias, a Claudia
Montuschi y Giovanna Sarti. A todos, mi más sincero agradecimiento.
Debo también un agradecimiento
especial a mi esposa, Ingeborg Walter, la cual, a lo largo de la
traducción del libro al alemán, me hizo numerosas propuestas para la
corrección del texto, para que ganara en precisión y legibilidad.
Finalmente no quisiera olvidar la contribución de Christine Zeile que,
como siempre, cumplió su tarea como lectora competente y sensata. También
a ella mi agradecimiento.
1. El salvaje como gentilhombre
En mayo de 1591, un extraño
personaje llegó a la corte de Parma, donde el príncipe Ranuccio dirigía el
gobierno para su padre, Alessandro Farnese, gobernador de los Países Bajos
españoles. En los libros de cuentas donde se anotan todos los gastos de la
corte, y por tanto las remuneraciones de la servidumbre, se lo menciona
como don Pietro Gonzales Selvaggio, don Pedro González Salvaje. Si el
nombre y apellido se dan en la forma italiana, significa sin duda que el
hombre era español o al menos se le tenía por tal. Se trataba
evidentemente, como el título «don» hace suponer, de una persona
respetable, pues este tratamiento en la Italia de ese tiempo estaba
reservado a españoles distinguidos. En efecto, don Pietro tenía incluso un
sirviente asignado. El rango, del cual dan fe título y sirviente, está,
sin embargo, en total contraposición al atributo «salvaje», que siempre
acompañaba al nombre en los asientos de los libros de cuentas.
Que el extraño recién llegado se
llamara Pedro González y pudiera exigir el título de don lo había indicado
él mismo, sin duda. De igual modo había contado que procedía de las islas
Canarias, concretamente de Tenerife. En esa lejana isla del océano
Atlántico comienza nuestra historia. Hacia allí nos tenemos que desplazar
para tomar el hilo de dicha historia. (...)
(Traducido del alemán al español por Mª Mercedes
Álvarez)