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Última revisión: 20 de febrero de 2008

El salvaje gentilhombre de Tenerife. La singular historia de Pedro González y sus hijos.

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Esta es la historia brillantemente relatada de un hombre oriundo de las islas Canarias, cuya cara y cuerpo estaban cubiertos de un espeso vello. Transcurre en los siglos XVI y XVII y nos lleva hasta las cortes de los reyes de Francia, Alemania e Italia, donde el hombre velludo y sus hijos también velludos eran contemplados como curiosa maravilla de la naturaleza. Roberto Zapperi, que ha reconstruido esta historia bebiendo de diferentes fuentes, muestra por primera vez aquí el límite lábil entre hombre y animal que hacía el ambiente fascinante y temeroso al mismo tiempo.

»El historiador del arte de Roma, Roberto Zapperi, ha reconstruido detectivescamente la movida historia del velludo y de su familia en archivos, colecciones de arte y bibliotecas.« (DER SPIEGEL)

»La dinámica y lo fascinante de este libro constituye en la doble técnica de narración y las brillantes interpretaciones de la historia familiar.« (DIE ZEIT)

 

Roberto Zapperi habla del destino de un nativo de Tenerife, afectado por una rara enfermedad. Un vello largo como una segunda piel cubría su cara y su cuerpo, dándole el aspecto de un animal. La historia comienza en la primera mitad del siglo XVI y continúa en la corte francesa del rey Enrique II, al cual había sido entregado Pedro González cuando aún era un niño. El rey hizo posible que estudiara y en París se casó con una bella francesa, que le dio hijos velludos como él. Los disturbios políticos condujeron más tarde a la familia a Italia, a la corte de los Farnesio en Parma y Roma, hasta que su hijo mayor, finalmente, proporcionó un alojamiento a sus padres y hermanos en un pueblo apartado, en el lago Bolsena, donde por fin pudieron llevar esa vida normal que su anomalía les había negado.

La línea sutil y frágil que separa al hombre del animal y la irresistible fuerza de atracción de esos dos polos, es el hilo conductor que encontramos a lo largo de todo el libro. Se cuenta en él cómo los príncipes le daban protección al hombre peludo, exhibiéndolo, sin embargo, al mismo tiempo como a un animal salvaje.

Roberto Zapperi: El salvaje gentilhombre de Tenerife. La singular historia de Pedro González y sus hijos. Libro en tapa dura con sobrecubierta, ilustrado con 26 imágenes y 1 mapa, 216 págs., Editorial Zech, Tenerife 2006, ISBN 978-84-933108-7-5, Precio de venta al público en Canarias (sin IVA) 18,- euros.

 

Muestra de lectura "El salvaje gentilhombre de Tenerife"

 

Prólogo

Este libro tiene una larga historia que una y otra vez nos conduce a París. La primera sugerencia al respecto llegó cuando en 1984 Jacques Revel me invitó a mantener un seminario en la «École des hautes études en sciences sociales» sobre la pintura Arrigo Peloso de Agostino Carracci, ya que yo había encontrado algunos documentos que hacían posible la identificación de las personas del cuadro. Celebré el seminario y publiqué, en relación con esto, un artículo en la revista Annales. No fue una tarea fácil llegar a don Pedro González desde la pintura y reconstruir su historia y la de sus hijos. Por eso, en principio me di por satisfecho con el artículo. Pero fue entonces, cuando un joven estudiante de la «École des chartes», Marc Smith, con el cual yo había hablado sobre las dificultades de las indagaciones, me trajo un día la fotocopia del despacho del año 1547, del archivo nacional de Módena, en el cual se comunicaba la llegada del pequeño González a París, cuando tomé de nuevo el hilo de la historia; pero fueron necesarios aún muchos años de investigación laboriosa, en archivos y bibliotecas, para desenredar el ovillo. Fue sólo hace poco tiempo cuando me pareció que el material reunido bastaba para atreverse a la difícil empresa de escribir un libro sobre ello.

Un libro como éste, que debido a muy diversas fuentes, en parte de nada sencilla lectura, las cuales además están repartidas en archivos y bibliotecas de diferentes países, no hubiera podido escribirse sin la ayuda de especialistas. Es para mi, por tanto, un deber, aquí por lo menos, dar las gracias a aquellos que me ofrecieron su ayuda con especial interés.

Marc Smith, hoy profesor en la «École des chartes», me apoyó más que cualquier otro en mis indagaciones, me ayudó generosamente en la búsqueda de datos en el archivo de París, leyó el texto y contribuyó a su definitiva concepción, con su crítica y propuestas de cambio. Gerhard Immler y Klaus Unterburger me prestaron su valiosa ayuda en mis investigaciones en los archivos de Múnich, y en lo que se refiere a los museos de Ambras y Viena, Peter Diemer y Monica Kurzel-Runtscheiner. Agradezco a Rita de Tata, Rabiano Fagliari, Leni Buchiechio y Raffaele Tamalio su colaboración en las indagaciones hechas en los archivos italianos; por sus indicaciones y sugerencias, a Claudia Montuschi y Giovanna Sarti. A todos, mi más sincero agradecimiento.

Debo también un agradecimiento especial a mi esposa, Ingeborg Walter, la cual, a lo largo de la traducción del libro al alemán, me hizo numerosas propuestas para la corrección del texto, para que ganara en precisión y legibilidad. Finalmente no quisiera olvidar la contribución de Christine Zeile que, como siempre, cumplió su tarea como lectora competente y sensata. También a ella mi agradecimiento.

1. El salvaje como gentilhombre

En mayo de 1591, un extraño personaje llegó a la corte de Parma, donde el príncipe Ranuccio dirigía el gobierno para su padre, Alessandro Farnese, gobernador de los Países Bajos españoles. En los libros de cuentas donde se anotan todos los gastos de la corte, y por tanto las remuneraciones de la servidumbre, se lo menciona como don Pietro Gonzales Selvaggio, don Pedro González Salvaje. Si el nombre y apellido se dan en la forma italiana, significa sin duda que el hombre era español o al menos se le tenía por tal. Se trataba evidentemente, como el título «don» hace suponer, de una persona respetable, pues este tratamiento en la Italia de ese tiempo estaba reservado a españoles distinguidos. En efecto, don Pietro tenía incluso un sirviente asignado. El rango, del cual dan fe título y sirviente, está, sin embargo, en total contraposición al atributo «salvaje», que siempre acompañaba al nombre en los asientos de los libros de cuentas.

Que el extraño recién llegado se llamara Pedro González y pudiera exigir el título de don lo había indicado él mismo, sin duda. De igual modo había contado que procedía de las islas Canarias, concretamente de Tenerife. En esa lejana isla del océano Atlántico comienza nuestra historia. Hacia allí nos tenemos que desplazar para tomar el hilo de dicha historia. (...)

(Traducido del alemán al español por Mª Mercedes Álvarez)

 

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