Opinión
Roberto Zapperi: El Salvaje gentilhombre de Tenerife. La singular historia
de Pedro González y sus hijos
Reseña de Carlos Müller (Colonia/Las Palmas de Gran Canaria)
Un libro de historia es aburrido. Este prejuicio, desgraciadamente, en
muchos casos no es tal sino resulta cierto. La historia se convierte en una
lectura tediosa y burocrática, respeto la cual el boletín oficial parece más
bien Mortadelo y Filemón.
Sin embargo, aunque muy de vez en cuando, surgen
ejemplos que demuestran que no tiene porque ser así. Es perfectamente
posible combinar la lectura interesante con la exposición de hechos
históricos sin que sufra la seriedad de lo relatado. Literatura fáctica.
Contar la historia sin perder el norte de la seriedad investigativa. Hacer
vivir, dentro de lo que cabe, a los grandes o pequeños personajes y sus
entornos de tiempos pasados sin caer en la trampa de convertir toda la trama
en una fantasía novelesca. En la literatura en lengua española este género
apenas existe. Casi automáticamente surgen gordos novelones históricos en
que se mezclan alegremente hechos y fantasias por lo que su seriedad
histórica es dudosa (y la calidad literaria suele ser floja).
Respecto a la historia de Canarias acaba de publicarse un libro en que las
islas juegan un papel mínimo pero continuo. La Editorial Zech de Tenerife
produjo la traducción al español de „El salvaje gentilhombre. La
sorprendente historia de Pedro González y sus hijos“ del veterano
historiador italiano Roberto Zapperi, un libro de un éxito respetuoso de
ventas, al menos para libros de historia, en Italia y Alemania.
¿De que se trata? Aquí un breve resumen del libro:
En 1547 aparece en la corte del rey francés Henry II. un personaje extraño.
Un muchacho de unos 10 años, completamente cubierto de pelo rubio y suave
como un precioso animal de pieles finas, las mismas pieles que los grandes y
ricos señores de la época utilizaban para fabricar los adornos o abrigos
completos de la vestimenta oficial. No se explica nada sobre la procedencia
del muchachito que sin embargo insiste ante quién quiere oirlo, en español,
que es oriundo de la isla de Tenerife y que procede de una noble familia
guanche por lo que se le reconoce el derecho de llevar el título de “Don”.
Cómo haya llegado a la Corte francesa no se explica en los documentos de la
época, llega como regalo. Ni se ha podido descubrir quién fuera el donador
de semejante “regalo”, lo que da lugar a la sospecha que trás la llegada del
joven se escondian tejes y manejes que hasta para aquella época no eran
publicables ni en documentos confidenciales.
Roberto Zapperi con la paciencia de historiador curtido en decenios de
investigaciones en archivos y bibliotecas sigue desde este momento la pista
del Pedro González, así se llama el jovencito, que padecía, según se sabe
hoy, de una enfermedad genética hereditaria muy rara llamada Hypertrichosis
universalis congenita en latín. Y si se dice que estaba cubierto de vello en
todo el cuerpo no hay que tomarlo como una exageración de observadores
estupefactos. Salvo nariz, labios, palmas de manos y pies estaba totalmente
cubierto de una larga, sedosa y densa pelambrera entre rubia (en la cara) y
morena.
A partir de este momento inicial Zapperi sigue la vida de Pedro González y a
través de su personaje hace vislumbrar el espiritu de aquel tiempo. Henry
II. adopta una actitud casi humana con Pedro González. No lo considera un
animal, un ”bicho raro” que acaba de incorporar a su colección de objetos y
animales exóticos (estas colecciones, al medio siglo de haberse descubierto
America y la vía marítima a la India eran muy populares entre la gran
nobleza europea), lo hace educar como una persona, por muy animal peludo que
parecía. Pedro aprende a leer y escribir en francés y hasta recibe clases de
latín, lo que significaba una gran distinción. Más adelante el rey incluso
se ocupa de buscarle una mujer con la cual tendrá 5 hijos e hijas al menos,
de los cuales algunos heredan el defecto genético y son igualmente velludos.
Evidentemente, Don Pedro González en la Europa de entonces que estaba
cayendo en la cuenta de lo mucho mundo que se había descubierto, es un ser
fantasmagórico sobre el cual la muy noble “toute Europe” curiosea, quiere
enterarse, pide información. La alta nobleza europea pronto encarga retratos
de Pedro y su familia, algunos se han conservado hasta hoy. A Don Pedro, a
pesar de que ocupa un pequeño puesto de servidor en la corte de su protector
Henry II., se le tiene ahí más bien como curiosidad, cosa que le molesta
profundamente. Quiere ganarse su sustento trabajando honradamente, no como
figura de circo, repite constantemente. No lo conseguirá sino casi al final
de su vida.
Además empiezan a circular grabados de él y de su familia, empiezan las
elucubraciones sobre la distinción entre hombre y animal, el tema del
“salvaje” es recurrente, hasta se le agrega el sobrenombre “selvaggio” al
ahora Pietro Gonzalez cuando la familia, después de una breve estancia en
Bélgica, entonces española, es enviada – otra vez como regalo – a la corte
de Parma en Italia. Y, como telón de fondo, no hay que olvidar que entre
1550 y 1551 tuvo lugar la famosa “Controversia de Valladolid” entre el
obispo de Chiapas, Mexico, Bartolomé de las Casas, y el consejero-confesor
de Carlos V., Juan Ginés de Sepúlveda, en lá que por parte del humanista
Sepúlveda se puso en duda seriamente la condición humana de los indios de
America. Otro tema, según Roberto Zapperi, aunque más bien literario, que va
zumbando alrededor de la familia González durante su prolongado viaje desde
Bruselas hasta Parma, y es él de “la Bella y la Bestia” ya que la esposa de
Don Pedro fue una parisina guapa y elegante según los retratos y testimonios
de la época.
Lo más cautivante sin embargo del libro no es tanto la historia de la
familia González hasta su desaparición sino el retrato de la sociedad
europea vista a través del prisma del encuentro con un personaje de aspecto
tan distinto para la concepción habitual. Roberto Zapperi hace vivir no sólo
a Don Pedro González y su familia, incluso personajes marginales adquieren
de pronto una dimensión inteligible en su desconcierto, atracción y/o
rechazo o curiosidad ante personas que aún hoy chocan al verlos. Actualmente
se sabe de algunos casos en México, en internet se puede encontrar a Manuel
Díaz Acebes de Zacatecas, México, que durante un tiempo viajó con un circo
por los EE.UU.
(Foto Díaz Acebes, dpa)
No obstante el librito encantador de Roberto Zapperi ofrece una curiosa
laguna un tanto desconcertante. Cuando Pedro Gonzáles aparece en 1547 en la
corte francesa tenía unos 10 años. Había nacido alrededor de 1537 en
Tenerife en el seno de una familia guanche noble, una familia de menceyes (o
achimenceyes al menos) bien conocida. En 1537 hacía 40 años que se había
concluido la conquista de Tenerife. Pedro González pertenecía por tanto a la
generación de nietos posterior al derrumbe de la tradicional sociedad
guanche. El cabildo de la isla ya había acumulado sus primeros montones de
legajos que aún hoy se conservan. Nueve de cada diez nuevos súbditos de la
corona española eran guanches que valientemente habian emprendido la marcha
hacia la modernidad. Esta parte de la historia insular es bastante bien
conocida, pero el capitulillo sobre los posibles orígenes del singular
personaje Pedro González que durante tantos años fue objeto de comentarios,
estudios y curiosidades de media Europa del siglo 16 apenas ocupa unas 4
páginas, y además lo que dice es bastante despistado. Desarrollar esta parte
de la historia del “gentilhombre salvaje” con algo más de trasfondo no
hubiera quedado mal, pero no está. ¿De nuevo la extraña ignorancia respecto
la historia de Canarias que reina hasta en los circulos más competentes de
la historiografía europea?
De todas formas se podría ver esta laguna como invitación al gremio de los
historiadores canarios a intentar llenarla siguiendo posibles pistas sobre
los orígenes de Don Pedro González, guanche, como nunca se cansó de repetir,
y, si acaso, de su familia en Tenerife.
(Fotos Zapperi, Zech)
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